Habilidades para la vida

No confundas la escolaridad con educación, yo no fui a Harvard, pero la gente que está trabajando para mí sí”.

 —Tweet de Elon Musk.

Hace poco más de cuatro años decidí irme al extranjero para hacer una especialidad que—según creía en aquél entonces—me convertiría en analista político o reportero internacional con una larga carrera en los medios de comunicación. Cuando terminé de estudiar el posgrado me di cuenta no solo de que la industria para que me estaba preparando estaba cambiando drásticamente, sino que se encontraba en una crisis total. Mi sorpresa fue aún mayor cuando me di cuenta de que este fenómeno no solo estaba ocurriendo en las industrias más expuestas a la digitalización, estaba siendo testigo de un problema social mucho mayor y más profundo de lo que creía: el sistema educativo tradicional estaba roto, obsoleto, y en ruinas.

Fue justo hace un par de años que me di cuenta de que había generaciones enteras de jóvenes (muchos cercanas a la mía) cuyos planes de estudios se habían quedado rezagados desde el primer momento que entraron a clase, sin mencionar tres o cuatro años después de su primer semestre y la entrada al mundo profesional. El país en donde esta crisis está siendo más evidente es, por supuesto, Estados Unidos, un lugar en donde la educación formal está en el punto más desigual en décadas y en donde los estudiantes promedio están saliendo con niveles de deuda difíciles de creer. El semanario británico The Economist calculaba en una de sus ediciones recientes que la deuda de los estudiantes estadounidenses equivale a unos 1.5 billones de dólares (o 1.5 trillion, para los gringos), una figura equivalente al 7% del PIB del vecino del norte.

Hoy en día existe una generación entera de jóvenes que está trabajando tiempo completo, no para generar un patrimonio personal, sino para pagar cuentas millonarias que deben en educación superior. El efecto más preocupante no solo es la desigualdad que esto genera entre distintos grupos de ciudadanos, sino el golpe a la movilidad social que le ocasiona a un país que se jacta de ofrecer oportunidades de éxito para todo aquél (o aquella) que trabaje lo suficientemente duro para conseguirlo. Otro signo de alarma es la presión que esto induce a grupos minoritarios, en EE. UU., las mujeres representan el 56% de la población estudiantil, pero absorben ¾ partes de la deuda académica. El “American Dream” tradicional y los antiguos esquemas de éxito están más que muertos, y en buena parte del mundo occidental.

A mi regreso al país me di cuenta de mi título (recién salido del horno) no me estaba abriendo las puertas que yo habría esperado. Sin embargo, el problema no era mi formación ni el hecho de haber estudiado más. Como bien comenta el especialista, emprendedor y sibarita Jorge Aguayo, “mientras más estudies, mejor te va”, y el lema no ha dejado de ser cierto. El problema, no obstante, se encuentra en la forma en la que estudiamos y en los programas que toda mi generación se puso a estudiar en su momento. Los Millennials son quizás una de las últimas generaciones en haber crecido bajo un esquema en donde se nos educaba a tener un título para garantizar nuestro bienestar profesional, un certificado de estudios era –ante los ojos de millones de padres en el mundo– un seguro de vida en mayor o menor medida.

No tengo nada en contra de la educación tradicional, pero ahora puedo ver por qué el sistema actual se encuentra en tal crisis. En los viejos esquemas de estudios, poco importaba si los estudiantes llevaban materias de relleno o poco actualizadas, el título de una universidad de prestigio se encargaría de colocar a los egresados en un puesto laboral exitoso. El problema, es que hoy en día vivimos en un mercado laboral cada vez más globalizado. Si bien siempre ha sido importante que seas competente en tu trabajo, en mercados aislados era relativamente más fácil destacar a través títulos, certificados y credenciales.

Mi mentor, José Luis Ayala, fue lo suficientemente perspicaz para identificar este fenómeno, y fue incluso, una de las primeras voces en criticar a los esquemas de educación tradicional; el mundo digital exige cada vez más a profesionistas con capacidad de entregar productos terminados, y de calidad, resolver problemas, tener un pensamiento crítico y una gran capacidad de respuesta ante retos cada vez más complejos. ¿Trabajas para una agencia de diseño web o gráfico? Ahora hay cientos de miles de diseñadores y programadores en países como la India, China y otros más del sureste asiático que podrían hacer una página o una aplicación desde 60 dólares. ¿Eres reportero? El robot del Washington Post lleva publicando cientos de artículos desde hace las Olimpiadas de Río de Janeiro en 2016.

Lo anterior no quiere decir que desaparecerán los diseñadores o los periodistas, pero éstos necesitan replantear la forma en la que hacen su trabajo y ser cada vez más astutos para usar la tecnología (y particularmente herramientas de inteligencia artificial como el famoso Machine Learning) para generar historias y contenidos que llamen la atención. Tal es el caso de Alejandro Maldonado, un comunicólogo visionario que hizo su carrera dándole servicio a los desarrolladores inmobiliarios. Hoy en día, su empresa AtHum utiliza algoritmos de inteligencia artificial para generar renders que se adaptan a tu gusto y te muestran un departamento o propiedad con los colores, muebles y distribuciones que muy probablemente eligirías de acuerdo tu personalidad. Aunque hoy en día funciona a través de un breve cuestionario, la tirada de Maldonado y su equipo es que este proceso se haga de una forma cada vez más automatizada.

Éste es tan solo uno de miles de ejemplos de gente que está revolucionando a sus industrias con herramientas que hasta hace unos pocos años estaban recluidas a las mazmorras de los departamentos de sistemas o tencologías de la información. Este mismo fin de semana un consultor de finanzas (en un despacho de prestigio internacional) me comentaba que su empresa, hace poco, había tomado la decisión de disolver el área de tecnología y que puso a un especialista de esto tipo en cada uno de sus departamentos, sin importar la especialidad.  

El patrón es cada vez más claro, y quizás Elon Musk tenga razón en sus procesos de contratación: hoy parece tener más valor en el mercado un profesionista que sepa eficientar el trabajo y aumentar la productividad de una empresa, que alguien con una gran serie de títulos, pero con poca experiencia probada. Cuando vivía en Alemania, me soprendía que uno de mis compañeros de piso no había ni siquiera ido a la universidad y era el que gozaba de la mejor calidad de vida como diseñador de páginas web freelance. Me mostraba su pantalla, llena de códigos en Javascript, HTML y CSS, y cuyo significado era tan claro como un jeroglífico para mi cabeza en aquél entonces. Sería uno de tantos que conocería en ese par de años. Hoy, el ser un “Nómada Digital” tampoco es algo de otro mundo, la digitalización ha creado generaciones enteras de jóvenes y parejas que se dedican a viajar por el mundo y trabajan desde una computadora mientras reportan o postean sobre lo que ven alrededor del planeta. Quizás no es un estilo de vida para todos, pero su existencia refleja lo que Bob Dylan anunciaba en su momento, los tiempos están cambiando radicalmente, otra vez.

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